Saltó de la “juventud ardiente” de la izquierda previa al golpe del 73 al exilio en Suecia, donde conoció la polifonía del español, y probó la mirada desde afuera de su lengua al aprender el sueco. La poeta Soledad Fariña, una voz singular en el panorama literario chileno, que puede conjugar lo arcaico con lo experimental, fue adquiriendo poco a poco una conciencia aguda del carácter a la vez reflexivo y sensual de la poesía y de la mudez que contiene el lenguaje cuando se osifica. De estas y otras cosas habla en esta conversación con el poeta Javier Bello. De su regreso a Chile y de su inmersión en la escena literaria local, de su incursión en el video-arte, de la pregunta por la escritura femenina y el montaje como procedimiento creativo, y de la apertura de cabeza que le significó su amistad con Juan Luis Martínez.